Recuerdos de mi infancia

Pensamiento.

Las personas que ejercitan la voluntad se convierten en grandes almas; llegarán a la meta. Los débiles estarán llenos de deseos sin cumplir.

 

 

Esta pareja tan elegante son el tío Marcial y su mujer, Carmiña, eran los padrinos de Cristina.  No sé por qué regalaron a su ahijada un dormitorio, cama, mesilla y armario de madera. La cama estuvo en la casa de Arenas hasta que se levantó. Luego perdí su pista.

Cuando vivíamos en la calle Saiz de Baranda, 28, 6º izquierda, soy tan explícita para presumir de memoria, vinieron una noche de visita los tíos Marcial y Carmiña. Nos dieron un beso y poco más porque a los pequeños nos estaban preparando para ir a la cama. En aquel entonces los pequeños éramos Cristina con dos años, Lourdes con cuatro y yo con seis. Esa noche Lourdes y yo estrenábamos camisón.  Eran tan bonitos que quedaron  grabados para siempre en mi recuerdo. Blancos, con un volante de tira bordada y unos grandes lazos. Azul para mi, rosa para Lourdes. Puedo decir que me sentí feliz con aquel camisón tan bonito pero es ahora cuando disfruto analizando todo lo que conllevaba aquel momento. Para que yo me sintiera feliz con aquel camisón primoroso, por supuesto hecho a mano,  tuvo que haber una madre que se ocupara de comprar la batista, los lazos y puntillas, que lo llevara a la modista, que pensara en el diseño y sobre todo que pensara con amor en nosotras. Podíamos haber dormido con cualquier otra prenda y hubiera sido normal en una familia tan numerosa. En ese momento ya éramos ocho. Pero no. En todas las fotografías se aprecia el esmero puesto por nuestra madre en la vestimenta de sus retoños. Recuerdo haber ido a dos tiendas de ropa de niño. Niza, que estaba en la calle de Alcalá. Y Belén, que estaba en Hermosilla. Por supuesto que cuando abrieron Galerías Preciados también nos llevaron de compras. Un comienzo de verano nos llevó mi madre, no sé a cuantos pero Lourdes, Cristina y yo seguro que fuimos. Descubrimos las escaleras mecánicas y nos compraron unos pantalones cortos, marrones, y un niqui amarillo, porque entonces eran niquis. Las camisetas eran otra cosa. Salimos con ello puesto. Y en verano calzábamos playeras, probablemente compradas en Los Patitos, una zapatería infantil que estaba en Lope de Rueda 4. Tenía decoradas las paredes con figuras de Disney. El dueño era alto con gafas y bigote. Ella más menudita. Ambos tenían buena mano con los niños. Y un día cerraron la zapatería, desaparecieron sin que nadie supiera por qué ni donde estaban. Y ¡oh cosas del destino! Al cabo de un tiempo abrieron  otra zapatería en Arenas de San Pedro.  Habían adoptado un niño y por miedo a que la madre biológica les molestara, optaron por desaparecer de Madrid.